11 julio, 2014

OLORES.

Mis despertadores se aglutinan. Por un lado es el pequeño halo de luz que se filtra por la cortina de mi ventana, como el chico que se colea en la fila de la  cafetería del colegio, y por el otro está el  ruido en la cocina. Sí, en mi casa mi madre es la primera que se levanta, su obsesión aséptica la obliga a limpiar cada recoveco de ese espacio culinario con vinagre.  Cada que llega esa  fragancia se dispara en mi memoria una secuencia de imágenes de mi niñez, relacionando esa fragancia con una sensación de amargura, porque me obligaron a ingerir esa bebida aceitosa, parar  mitigar el incesante dolor de estómago. Confieso que aunque surtía efecto, para mitigar el  malestar, sembró en mí cierta  repulsión.
 En cada mañana mi misión  consiste en preparar el  jugo de  naranja. Así que  el recinto queda  impregnado de esa  fragancia  cítrica  que explota con cada exprimida y que en ocasiones salpica a mi madre.


Sin embargo al avanzar el día, el sopor se acrecienta y aquellos humores plácidos, a lociones dulces que ella se aplica para salir a sus diligencias, a su llegada  se transforman en un olor similar a las bolitas de neftalina que ubicamos en los armarios.




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