29 enero, 2015

MI CALLE.

Hoy me senté en el antejardín de la casa en plena avenida octava con  cuarenta y seis en el barrio El Bosque  al  norte de la ciudad,  lugar que  he habitado la mayor parte de mi vida. Un árbol de aguacate protege la vivienda del sopor de la tarde. Mientras la brisa refresca mi cuerpo, observo como los chicos de una escuela pública transitan con cierta parsimonia, otros más apurados se desplazan como pasajeros en motocicletas de “piratas” que a falta de parches y pata de palo, cargan su casco y sus gafas oscuras en los días de sol. En el resto de la tarde la  podría describir como una calle tranquila.
La calle como tal es inclinada. Desemboca en un puente que sirve como frontera entre el Bosque y La Campiña. Ahora han instaurado a unos policías  bachilleres que se la pasan coqueteándole  a las muchachas que  transitan el sector. 
Esta calle también la recorre Don Néstor, un sexagenario que hace las  veces de celador. Él con su traje azul celeste y su desvencijada bicicleta recorre de manera pausada toda una manzana. La primera vez que lo vi pasar,  escuché una canción del Charrito Negro y la segunda vez  un  locutor con voz engolada le toma el pelo a una  oyente y le hace insinuaciones con doble sentido. El pobre Néstor ni se inmuta, en su rostro veo una mirada triste, como si fuera un zombie.
Lo que antes fueron  casas amplias, ahora en su mayoría son edificios con personas que ya ni siquiera conozco. A lo lejos alcanzo a escuchar el pregonar de la negra Carmen. En cuestión  de minutos ella aparece con sus uno setenta de de estatura, su toalla amarrada en la cabeza, que le sirve para apoyar su platón y una  potencia en la voz que emite con su particular : ¡ Aguacaaatre!
También evoqué las tardes en esa calle en donde aprendí a montar bicicleta. Esa Arbar plateada fue el Bucéfalo o el Rocinante que me enseñó, cada vez que perdía el equilibrio,  a conocer como sabe el pavimento.
En este antejardín mi padre pasaba sus tardes llenando crucigramas, saludando a cuanta persona pasara. Hoy yo estoy ocupando su lugar. Sentado en un muro, esperando probablemente que la parca también pase por mí.


12 diciembre, 2014

SÍGANME LAS SEÑAS.




Los brazos extendidos  enseñan las manos con las palmas  hacia arriba que ascienden  de  manera parsimoniosa. Tumbadoras, congas  y alegres aumentan el volumen in crescendo. Si el director realiza el movimiento de manera inversa, girando las palmas, genera el efecto contrario. Por instantes  se escuchan aires de Jazz, Zamba o Currulao. Toda interpretación nace y muere en ese mismo momento.
Una señora de avanzada edad, sentada  a mi lado, mueve sus hombros al son de un tambor, hace unos minutos casi no podía  ni caminar.  Otras dos chicas, desde sus sillas, intentan crear una coreografía jugando con la soltura de sus brazos. 
El director,  se voltea y nos ofrece señas a los espectadores,  nosotros aplaudimos, aullamos y guardamos silencio.
La Sonora por Señas es el nombre de esta agrupación de catorce hombres, que sin ser sordomudos, se comunican con un lenguaje que el director muestra con sus manos, denominado percusión con señas y que además trabaja mediante la improvisación. Es decir que ni los músicos saben  que ocurrirá en ese show, Escucharlos en vivo es experimentar un alto grado de espontaneidad. 
Y aunque  parafrasee a la agrupación puertorriqueña, La Sonora Ponceña, su identidad  se aleja de  cualquier cliché.


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Un veintiún de agosto de este año me encontré en los pasillos del auditorio Xepia de la Universidad Autónoma con un hombre delgado, de cabello largo y  nariz aguileña. Un Fito Páez valluno. Se trata de Rodrigo Matta el director de La Percumotora, una banda que nació en Cali en el 2012 y que implementó un lenguaje en el que se maneja un código netamente corporal. La idea nace a raíz de una beca que se ganó Mattta para estudiar música  en Argentina. Allá tuvo la oportunidad de ver la banda  La Bomba del Tiempo, agrupación musical que fusiona el folklor  de Buenos Aires con la percusión brasilera, uruguaya y africana. Fueron tres años de estudio en la escuela  CERPS (Centro de estudio de percusión con señas) y fue en ese tiempo en el que aprendió las herramientas de la  improvisación. Mira su reloj de pulso  y me  dice que dentro de poco va a iniciar el espectáculo, no sin antes añadir que él fue el que trajo ese lenguaje musical al país. Me despido y minutos previos le pregunto por La Sonora por Señas. Su rostro cambia, esboza un gesto de molestia, confiesa que ese grupo se originó por una diferencia entre sus directores y culmina con una frase, que para mí sonó diplomática: “Sé que existen más o menos desde abril y que están trabajando también”.

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Con el dedo índice  se señala a cada músico  que responderá la siguiente seña. De esta forma se puede  seleccionar a un músico específico o a un  grupo que no esté  compuesto por ellos,  el público o  también llamados cómplices, para que atiendan a las diferentes señas.  Es importante mirar a cada músico para confirmar que él  ha visto la indicación.
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Fue una tarde de un quince de Julio  cuando arribé a La Fundación Hábitat, una casa de tres pisos ubicada en el barrio Santa Isabel en toda la  carrera 38, enfrente de La Universidad Libre. En ese lugar trabaja, como promotor cultural, David Molina, el director de La Sonora por Señas.  Ahí  también  es el ensayadero de la banda, Molina me habló de Matta. Siento en el tono de su voz un dejo de rencor, de herida, de dolor. Inicia narrando que él se echó a La Percumotora al hombro, y que hasta había logrado cierto liderazgo con  los músicos. Así que un día Rodrigo, de manera arbitraria,  le comunica que él no continúa.  Ese acontecimiento sembró, en el que  sería el futuro director de  La Sonora,  una obsesión: Estudiar durante horas, leyendo libros acerca del lenguaje de señas, practicar y practicar. Lo que fue una relación  maestro – púpilo se transformó en una dura competencia por demostrar quién es el mejor. 
Otro de los detonantes surgió a raíz de un toque a Medellín, en el que incluía viáticos y el pago de dos millones de pesos a cada músico. Rodrigo no aceptó la  propuesta. Eso motivó a David, en una reunión de La Percumotora, a levantar la mano  y decir quien se iba con él. Se llevó a la mitad del grupo. El toque al fin nunca se dio.
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En La Sonora por Señas no hay mujeres. O  por lo menos no en la  tarima. La única presencia femenina se descubre en el área administrativa. Mientras que en La Percumotora está  en la percusión Valentina Arenas. Ella manifiesta que la experiencia en el grupo ha sido gratificante. El aprendizaje es continuo porque siempre se está estudiando, además disfruta mucho las bromas de sus compañeros.
Por otra parte David Molina, director  de La Sonora por Señas, cuenta que en una ocasión una chica intentó ingresar a la banda pero le tocó irse para Bogotá. Agrega que una mujer sería rico, pero ya dos es complejo, porque entre ellas se odian. Remata citando una frase del director de cine Woody Allen: “A las mujeres no hay que entenderlas porque las  mujeres se quieren y se odian, yo prefiero quererlas”.
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Miguel Cabezas no es músico. Sin embargo hace parte del grupo que decidió desertar de La Percumotora. Confiesa que ingresó a La Sonora por la confianza que le inspira David.  Para  Cabezas, Molina ha sido como un padrino. Se conocen desde hace cinco años, época en que decidió practicar Capoeira, arte marcial brasilero de origen africano que combina baile, música y acrobacias,  en el que David fue su mentor. Ahora Miguel no solo hace parte de La Sonora  sino que trabaja para la  Fundación Hábitat. Es quien mantiene todo en orden: limpia, organiza el lugar, está pendiente del letrero de la puerta que da  a la calle, entre otros oficios. Sin embargo expresa que es de lo que menos sabe de música en La Sonora, por tal  razón solo se ha dedicado a tocar la campana, entre otros instrumentos, pero él sueña con estudiar para tocar percusión. Por tal razón  acoplarse fue difícil, porque hay conceptos que no entiende. Pero por fortuna sus compañeros lo han apoyado, le dan pautas, están pendientes de su proceso de aprendizaje  y eso le ha facilitado la adaptación. Rescata que cuando alguien no hace un corte bien, le hacen la  bulla, pero no con el objetivo de “echarle aceite”, expresión entre el  argot de los músicos que significa humillar al otro, sino que es un mecanismo para incentivar la exigencia de los artistas de la agrupación.
Miguel también ha aprendido  el arte del clown, de ser recreacionista y hasta tocar Zamba,  porque sabe que vivir de la música es difícil, por eso entiende que debe rebuscarse, se debe convertir en un todero.
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En la carrera cuarta con cuarenta y cinco, en el barrio Salomia, Bernardo Gutiérrez, más conocido en La Sonora como  “ Koko”, asoma por un balcón. Es un joven de apenas veintiséis años, pero su figura rolliza y su barba frondosa lo hacen ver mayor. Alterna su rol en La  Sonora con el de baterista en una banda de rock denominada Dr. Jekyll. De igual manera utiliza la terraza de su casa como ensayadero de bandas.  Cuando le pregunté por su experiencia en La Sonora me confesó que había llegado por audición y que al principio le dio susto porque por ese entonces estudiaba en el IPC, Instituto Popular de Cultura y los profesores le pedían que tocara en la marimba  un currulao y él  lo hacía, después le pedían música del Pacífico y a él  le sonaba igual, no sabía diferenciar un ritmo del  otro. Cuando recién ingresó a La Sonora se ensayaba dos veces a la semana y se estudiaban ritmos de África y a la sesión siguiente otro de Cuba.  Y todos los debía memorizar, situación que lo mortificó porque no traía ese bagaje. Sin embargo ahora siente que se ha vuelto más estudioso y eso le ha ayudado a acoplarse rápido y a conectarse con los demás miembros de  la agrupación.


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Eddy Colman, fue hasta hace unos meses programador de la emisora El Sol de la cadena radial RCN y jurado de Metrópolis, un proyecto que promovía grupos locales de salsa o hip hop. Para Colman un grupo debe tener una canción bandera para abrirse espacio en los medios de comunicación y así darse a su público. El paso siguiente es hacer buen mercadeo y uno de los aspectos que se debe tener en cuenta es la novedad de la propuesta musical. Sin embargo para David Molina el hecho de pegar en la radio no es su objetivo. Su argumento es que La Sonora por Señas no toca una canción como tal, sino que su  música nace de una creación, pero en lo que sí están orientados es  que su trabajo pueda  convertirse en un producto comercial: “como el disfrute de lo que hacemos ,la pasión que tenemos por el toque del tambor , lo bacano que es estar en la  escena , lo que  estoy viviendo de unos años para acá que es crear en el momento y tener ese vínculo con ese público asistente, esto lo queremos hacer lo más  comercial del mundo”.

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Eran las diez de la mañana, estoy sentado en una banca por el pasillo que está  adelante del Café y Café que colinda con La librería Nacional del Centro Comercial Chipichape, al norte de Cali. Allí arriba un hombre de uno ochenta  de estatura, lleva  puesta  una gorra gris que hace juego con su camiseta. Es Richard Yori, un melómano y el actual asesor musical de Delirio. Él con acento arrastrado me comenta la importancia  de la aparición de estos grupos con propuestas novedosas.  Apela que no importa que sea rock, blues o jazz, lo relevante es la exploración porque eso nutre  a cada músico y en lo que respecta a la promoción argumenta: es probable que veinte o veinticinco años antes era imposible hasta para ellos pensar en grabar pues porque antes las condiciones para grabar eran otras y había que  alquilar un estudio y tener buenos micrófonos,  tener a un ingeniero y además de todo hacer una buena mezcla, ahí  está el éxito de una buena mezcla y sacarlo y sentarse a esperar, era muy difícil los costos eran altísimos. Ahora cualquiera de nosotros estamos en la  posibilidad de hacer una grabación, sea digital de audio o de  vídeo, hay concursos para hacer películas con su cámara. Lo mismo es en la música  ahora es mucho más fácil porque hay los medios de  dispersar esa información  y de hacer una muestra, grabarlo y subirlo al ciberespacio”. De igual manera opina que quien plantó la semilla para que la proyección a nivel internacional de estas propuestas  fue Hugo Candelario que tuvo la fortuna de viajar por todo el mundo a llevar el currulao y la música del pacífico. Hoy existe  un formato denominado World Music, que consiste  en una mezcla de varios géneros de la música para venderlos mejor en los festivales. 

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Son las siete de la noche de un viernes once de julio en la Biblioteca Departamental Jorge Garcés Borrero. Los músicos lucen camisa blanca de lino y pantalón dril caqui.  Los abriga una luz cenital:
TAKAPATA PUM… PITIKA… TAN TAN… PRARRRRRRA… BUMMMM… SHISHISHISHA… PUM PA TA CUM… PUKATA PLUM… TRA PRARRATA PLAN … 

La señora de avanzada edad que se le dificultó sentarse a mi lado ahora aplaude, grita, mueve sus hombros. Las chicas se contienen de ponerse de pie y bailar. Me percato que el director  de nuevo gira,  nos mira, y nos enseña una nueva seña. Me uno a la complicidad. Uno  de los músicos lanza un estribillo: “ La Sonora en la casa … ¡ Ay cómo va!”…  De nuevo repite la primera frase, nos indica que respondamos y cantamos al unísono: ¡ Ay cómo va! …  Al terminar el show salgo extasiado y es ahí cuando tomo la firme decisión de contar esta historia. 

28 julio, 2014

CALICULTURA.





En las calles de esta urbe tropical escucho a sus habitantes quejarse porque en La “Sucursal del Cielo” no hay cultura. Algunos osados se han ensañado en  compararla con latitudes como Bogotá, Medellín o la misma Cartagena.
Sin embargo me entero por algunos medios de comunicación que  está en pleno furor un Festival de Salsa, que además el director de cine  Óscar “ Papeto” Ruíz, está próximo a exhibir en salas de cine su película  “ Los Hongos” y que grandes exponentes de nuestro folclor están en el exterior mostrando una cara amable de Cali. Entre ellos se destacan: Esteban Copete con su Kinteto pacífico, que  se fueron de presentación a Washington o Herencia de Timbiquí que arrancan una gira por Europa.
Pero no solo el trabajo de los artistas mencionados con anterioridad  es relevante en nuestra región, descubro que atrás de ellos están emergiendo nuevos talentos que experimentan con diversos géneros  y puestas en escena como ocurre con la Percumotora y la  Sonora por Señas.
Las dos emplean un  mecanismo  novedoso. En el show ellos no sabe que puede pasar, todos los músicos están  a la expectativa de un código de señas que el director les transmite, para así generar un ambiente de  espontaneidad. El valor agregado que tiene  la segunda agrupación es que incluye la participación del  público al que deciden  denominarlo “cómplices”.

Así querido lector  le aconsejo que deje a un lado el “Calibalismo” y se acerque a leer la programación cultural de la ciudad para que la disfrute, al igual que yo,  y así mismo riegue la bola para cimentar una imagen positiva de nuestra región.

14 julio, 2014

CARGANDO MI CRUZ.




Mujeres con  piernas  torneadas, pechos firmes y  piel tostada por el sol  son algunos ingredientes que galardonan las  constantes subidas que estoy realizando al cerro de las tres cruces.   Sin embargo, aunque no lo crean, mi motivación  es otra: mejorar mi estado físico.
Desde hace años los resultados de mis chequeos médicos no han  sido favorables. Cada galeno esgrime una queja por mí desparpajada manera de vivir: consumo de  alimentos altos en grasa saturada, harina y poco ejercicio. Algunos se han atrevido a indagar si quiero seguir con vida.
Ante tanta presión decidí aprovechar la  temporada de  vacaciones, y una tusa tenaz, para lanzarme a la aventura de caminar  casi a diario por diversos senderos que desembocan en el reconocido lugar.
Desde eso de las siete y media de la mañana me apero de gorra, camiseta, bermuda, doble media, para evitar las ampollas, y zapatillas cómodas. El sol por esta temporada azota con sus brazos como látigos de fuego. Por tal razón, en ocasiones me aplico protector.
Como muchas actividades en la  vida lo  más  duro consiste en  arrancar. Así que toca armarse de fuerza interior y gritar, así sea en mi cabeza:  ¡Vamos tú puedes, eres un guerrero!  Para los más audiovisuales pueden encerrarse a mirar una maratón de ROCKY  todo el domingo y arrancar un lunes.
En el recorrido se topa uno con gran diversidad de pájaros de distintos colores y trinos. De igual manera el trayecto es auspiciado por una sinfonía de chicharras que te otorgan cierto ritmo al  caminar.
En algunos tramos me doy licencia para trotar. Sin embargo es tal la empinada que tengo que parar al sentir que mi corazón se  transforma en un instrumento de  percusión.
Mi ilusión se resume en que en la cima me espera un vaso desechable con sumo de zanahoria, por la módica suma de tres mil pesos. Así que al llegar, agitado, me recibe uno de los vendedores que aunque sabe que voy a pedir, pregunta:
-       Quiubo patrón ¿qué le sirvo?-

 Lo importante del asunto es que me consienten, porque me dan crédito.
Unas escaleras me llevan  a un gimnasio improvisado junto a las cruces imponentes que otean la urbe. Allí entre barras, pesas de cemento, y tablas para hacer abdominales, se reúnen infinidad de personas de distintos estratos sociales, razas, lenguas  y culturas para rendirle culto al cuerpo.

Algunos se toman las barras para hacer malabares, brincan, dan volteretas en el aire, no solo para enseñar sus músculos trabajados sino para utilizar su destreza física como estrategia de conquista. Al ver este espectáculo asocio esas imágenes con la de los monos en mis visitas al  zoólogico, que hacen alarde de su indudable   agilidad motriz  para llamar la atención de las  féminas.

Al final decido emprende el descenso, no  sin antes  constatar que mi “ mal humor”, consecuencia de mi excesiva sudoración,  me  convierte en un lobo estepario entre la  multitud.



11 julio, 2014

OLORES.

Mis despertadores se aglutinan. Por un lado es el pequeño halo de luz que se filtra por la cortina de mi ventana, como el chico que se colea en la fila de la  cafetería del colegio, y por el otro está el  ruido en la cocina. Sí, en mi casa mi madre es la primera que se levanta, su obsesión aséptica la obliga a limpiar cada recoveco de ese espacio culinario con vinagre.  Cada que llega esa  fragancia se dispara en mi memoria una secuencia de imágenes de mi niñez, relacionando esa fragancia con una sensación de amargura, porque me obligaron a ingerir esa bebida aceitosa, parar  mitigar el incesante dolor de estómago. Confieso que aunque surtía efecto, para mitigar el  malestar, sembró en mí cierta  repulsión.
 En cada mañana mi misión  consiste en preparar el  jugo de  naranja. Así que  el recinto queda  impregnado de esa  fragancia  cítrica  que explota con cada exprimida y que en ocasiones salpica a mi madre.


Sin embargo al avanzar el día, el sopor se acrecienta y aquellos humores plácidos, a lociones dulces que ella se aplica para salir a sus diligencias, a su llegada  se transforman en un olor similar a las bolitas de neftalina que ubicamos en los armarios.